En un suelo de baldosas, lo primero que pierde el color no es la baldosa, sino la junta. El material que las rellena es poroso y absorbe con facilidad la suciedad, el agua sucia de la fregona y cualquier líquido que se derrame. Por eso, aunque las baldosas brillen, las juntas pueden dar al suelo un aspecto apagado. La buena noticia es que se pueden mantener claras con unos hábitos sencillos.
El primer paso es barrer o pasar la aspiradora con regularidad, sobre todo en la cocina y en la entrada. La arena y las migas se acumulan en las juntas y, al pisarlas, actúan como una lija fina que desgasta el material. Un felpudo en la puerta reduce mucho la cantidad de suciedad que llega hasta el suelo, y sacudirlo a menudo evita que la suciedad acabe otra vez dentro.
Un cepillo y un poco de paciencia
Para la limpieza más a fondo basta con un cepillo de cerdas suaves, por ejemplo un cepillo de dientes viejo, y agua con un detergente suave. Frota a lo largo de cada junta, sin apretar demasiado, y deja que el detergente actúe un rato antes de aclarar. Prueba siempre primero en una zona poco visible, como un rincón detrás de una puerta, y no mezcles nunca productos de limpieza distintos, porque el resultado puede ser peligroso.
El aclarado es tan importante como el frotado. Pasa un paño limpio y bien escurrido y cambia el agua en cuanto se ponga gris; si no, la suciedad vuelve a depositarse en las juntas y todo el esfuerzo se pierde. Después seca con un paño para que no queden restos de agua sucia en los huecos.
Las manchas frescas de café, aceite o salsa conviene limpiarlas enseguida, antes de que penetren en el material. Con una limpieza suave y frecuente, en lugar de un gran esfuerzo de vez en cuando, las juntas se mantienen claras durante años. Un suelo con las juntas limpias parece siempre más cuidado, aunque las baldosas sean sencillas.